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jueves, 6 de junio de 2013

La Llojllada y el Maligno



Los  aullidos de los monos que provenían de las copas de los árboles, el croar de las ranas y la sinfonía del chirrear de chicharras y saltamontes, llegaban a los oídos de Luisa como una amenaza latente. La música de la jungla surtía efectos contraproducentes de euforia y melancolía al mismo tiempo. La brisa, proveniente del río, refresco sus mejillas provocando añoranzas de  los vientos andinos y de la puna que eran muy frescos. Por el río Huallaga, las turbulentas aguas  arrastraban palizadas. Una nube de insectos volaban sobre la superficie del agua. La balsa, remada por su marido y sus  dos hijos,  luchó contra la corriente y las palizadas por apoderarse de un espacio libre y navegable.  

La balsa al girar la curva se perdió de vista, sin embargo, ella siguió mirando la silueta que quedaba en la memoria. Ya borbotaban las aguas marrones, ya volaban los loros de regreso a sus nidos, ya cabalgaba el sol en las colinas, ya se veía la silueta de la luna, pero ella seguía con la mirada perdida en aquella curva.

 El olor a barro de las aguas hizo que oteara la orilla, desde donde la tierra en continua erosión se precipitaba al río, junto a ella añejos árboles se inclinaban en reverencia forzada, desenterrando sus largas raíces que  intentaban vanamente aferrarse al suelo. Ese aroma a río revuelto la afligía. En la orilla un batallón de agallas en formación desesperada se apoyaban en un esfuerzo por mantenerse fuera del fango que asfixiaba. Luisa cogió la jikra y en un solo movimiento la lleno de toas, piñacunches y palometas. Nunca había visto a los peces venir a la  orilla a dejarse atrapar fácilmente.

 Se detuvo un momento, se pellizco y cerró los ojos y las abrió nuevamente creyendo que estaba soñando. Allí estaban los peces. Allí estaba también boca bajo, con el cuerpo despellejado, el cadáver de un desconocido que flotaba en círculos en el remolino, completamente desnudo, con la mano medio alzada y los dedos abiertos en un vano  intento de transmitir un enigma. ¡Qué susto! ¡Qué horror!  Un largo escalofrío, un hielo macabro la recorrió las venas . La alegría de la pesca se transformó en un grito desesperado. ¡Auxilio! ¡Alguien me ayude!. Pensó en su esposo, en sus hijos, pero ellos  habían desaparecido tragados por la curva  en dirección al pueblo y todavía regresarían mañana. El  cadáver seguía remando en el remanso, sin posibilidades de fuga.

Desesperada  abandonó la jikra por la trocha, en su loca carrera por llegar a la casa del vecino más próximo a una media hora de camino por la jungla.  Corría, corría y corría. No quiso voltear, porque creía en lo que decían las gentes, “…el espíritu del maligno viene a perseguir al alma de los que se ahogan …” 

Cuando creyó que se había alejado lo suficiente se detuvo, pero tan solo pudo comprobar que había estado corriendo en círculos, allí a unos pasos estaba el tambo y un poco más allá el puerto y seguramente el ahogado. Lo suponía, porque la luz de la luna no le permitía ver más allá. Al contrario las sombras de los árboles se transformaban en caprichosas siluetas de presuntos malignos.
“¡Auxilio…, Auxilio…, Auxilio!” Grito desesperadamente, rego con su llanto la blusa, la falda y sus manos y cuando se sentía a punto de desmayarse. Una robusta mano la acaricio por la espalda. “No te asustes, ¿Qué te pasa?” le dijo, “soy tu marido, he olvidado el dinero para las compras, he dejado a los chicos que vayan al pueblo y yo he regresado…”

La mujer aun desconfiada, se refugió en los brazos del marido, se consoló con más lágrimas y después de  desfogarse, le contó  lo sucedido.

Aquella noche prefirieron no andar al río. Al amanecer encontraron la jikra con los peces. Las aguas habían disminuido  y el ahogado ya no estaba.
Autor: Jíbaro

lunes, 5 de marzo de 2012

Los Tigres Negros

Se acercaban los festejos de  la patrona del  pequeño pueblo de Pampa Hermosa (actual Nuevo Horizonte). En aquellos tiempos se acostumbraba   salir de cacería  15 días antes de las fiestas patronales con la finalidad de abastecer de carne para el banquete y los festejos de celebración de la fiesta patronal donde se estilaba dar de comer y beber gratis a todo el pueblo.

Llamaron a reunión del pueblo para organizar la cacería. Un grupo de 10 personas fueron seleccionadas. El grupo de cazadores se interno en la espesura de la selva  siguiendo el cause ascendente del  Challhuayacu. La otra orilla, todavía inexplorada, era selva virgen. Atraídos por la actividad de la caza decidieron cruzar el río de aguas frías y cristalinas. Después de caminar, por más de una hora, avistaron bajo una enorme roca a dos enormes Tigres Negros que jugaban dándose fingidos zarpazos y mordiscos, aparentaban dos  mansos gatos domésticos.

Interrumpiendo  la observación de la escena, una voz de exclamación retumbo en el bosque - ¡SANTO DIOS, SON TIGRES NEGROS!

Otra voz de susto la siguió -¡HUYAMOS DE ACÁ, QUE DIOS NOS SALVE,  ESTAMOS FRENTE AL MISMO DEMONIO!

  Los cazadores, al observar a los tigres  tan mansos y juguetones, no prestaron crédito a las voces de advertencia.

-Pero…  ¿Por qué hay que temer si son mansos? y hasta nos hacen jugar- Diciendo - Algunos de ellos  acariciaron la cabeza de los tigres y estos movían la cola y se echaban por tierra en señal de sometimiento.

- No amigos - continuo la voz - debemos irnos lo más antes posible. 

-¿Pero por qué? preguntaron todos.  

La  voz, con acento  tembloroso, les volvió a advertir - Amigos estos dos enormes tigres negros en el día son inofensivos y mansos, puedes tocarle, acercarte y  jugar con ellos,  pero al caer la noche se convierten en feroces depredadores. Seguirán sus huellas hasta encontrarlos por más bien escondidos que estén y los  descuartizaran y devoraran, especialmente  vuestro cerebro que es su presa favorita. A estos animales ni las balas de la escopeta podrán matarlos.

- Así que ¡huyamos antes que se acerque la noche!, ¡por todo los cielos les ruego!,  ¡se los suplico!, continuo la voz, convenciendo a medias  a los cazadores.  Ante los ruegos del hombre decidieron  regresar y volvieron a cruzar el   río  cuando  las primeras sombras invadían el río y el bosque. Escogieron para dormir  la protección de  una de las  aletas de un  Yanchama.  El hombre que sabía de la peligrosidad de los tigres negros preparo una chapana en una capirona tierna, larga y delgada y se subió.

Al poco rato de haber subido al árbol, observo a  sus compañeros dormir plácidamente. Los llamo a grandes voces a cada uno por su nombre y ninguno respondía. Pareciera que los tigres emitían un aroma que adormecía y provocaba el sueño. Fue, en aquellos momentos, que los tigres empezaron con su ataque depredador. Presencio atónito y horrorizado, como los tigres iban descuartizando uno a uno a sus compañeros. De un certero zarpazo abrían los cráneos y se daban un lento  festín con los sesos  sangrantes de las víctimas.

El único cazador que se salvo, gracias a la chapana, vivió la peor pesadilla de su vida al ser testigo de tanta atrocidad. Los tigres intentaron vanamente trepar la capirona, cejando su intento solo al amanecer. El sobreviviente pudo bajar de la capirona cuando a los primeros rayos del sol los tigres negros se amansaron y durmieron, sacios de carne humana. Observó los restos de sus compañeros esparcidos alrededor de la Yanchama. Temblando contuvo a duras penas el miedo y aprovechando que los tigres dormían plácidamente, huyó desesperadamente hasta el pueblo de Pampa Hermosa. Al  llegar  relato lo sucedido entre lágrimas y lamentos.

  Al concluir el relato -  dijo - Debemos escondernos esta noche,  los tigres negros siguiendo mis huellas vendrán a buscarme y todos  nosotros estamos en peligro.

- ¡DEBEMOS ESCONDERNOS, SE LOS SUPLICO!- les dijo con voz temblorosa y llorosa.

En efecto, junto con la noche,  los  Tigres Negros llegaron a Pampa Hermosa. Muchas fueron las víctimas que entre gritos desesperados iban desapareciendo del pueblo. La gente para salvarse acordó pernoctar en la iglesia  y así aconteció…

Sin embargo mucha gente de los alrededores que no podían llegar a tiempo a refugiarse, amanecían descuartizados y  esparcidos por el camino.  La llegada de los tigres  alteró las costumbres de los pobladores y ocasiono grandes problemas: No podían pescar, trabajar, ni criar sus animales con tranquilidad. Arriesgaban  sus vidas y la de sus hijos.  Muchos huyeron de allí.

Solo se quedó una anciana,  que  ya no podía  caminar tramos largos. Por las noches se refugiaba en la  iglesia. Los tigres negros, muy hambrientos  rondaban  muchas veces la iglesia  pero no pudieron penetrar la iglesia ni provocarla daño alguno. La anciana vigilaba con cautela el movimiento de los felinos y se dio cuenta que al  amanecer  los Tigres Negros  bebían  en una collpa debajo de un árbol. Entonces se le ocurrió una idea genial: ENVENENAR EL AGUA DE LA COLLPA.

Recolecto las raíces del Barbasco, las machaco y diluyo el zumo en el agua de la collpa.  Al atardecer  fue a refugiarse en la iglesia como de costumbre.  A la mañana siguiente  los Enormes Tigres Negros se acercaron a la collpa, bebieron y   jugaron inocentes e inofensivos y aparentemente durmieron al calor de los primeros  rayos del sol.

La anciana pensando lo peor, que ni siquiera el potente veneno del barbasco podría con ellos.Se preparaba a buscar refugio en la iglesia cuando observó que  los tigres seguían inmóviles. Probó a despertarlos lanzando  un terrón desde  lejos. Los Tigres Negros seguían inmóviles y no volvieron a levantarse jamas.

Es así como la astuta anciana  dio muerte a los feroces Tigres Negros.  La anciana vivió unos años más, lo suficiente  para narrar a cada lugareño o viajero que pasaba por allí esta historia que se mantiene hasta el día de hoy en la tradición oral

Autor: Elger Flores Marchena  www.tocachecity.com

Nota del Autor:
 Esta historia es real.

 

lunes, 16 de enero de 2012

El Bufeo Colorado



En uno de los tantos pueblos de la selva, se festeja la fiesta de San Juan. La orquesta contratada para la ocasión causa furor en los presentes con las notas tropicales de las pandillas, cumbias y changanacuys.


De repente en pleno repunte de la fiesta se presentan un grupo de gringos. El más simpático, dice llamarse Shinaan. Se dirige al bar y compra toda la existencia de licor y ofrece de beber   a los presentes.  Los lugareños  muy contentos simpatizan con el forastero y sus amigos  ofreciéndoles sus jóvenes hijas para bailar. 

Shinaan hace gala de su destreza en la danza. Baila con todas las chicas del lugar y no tarda en conquistar a una de  las más bellas, quién impresionada por sus  dotes de bailarín y galanteador se enamora del forastero,  no pierde  ocasión de estar a su lado por el resto de la noche. 

Antes del amanecer se sirve el banquete de juanes, caldo de gallina y chilcano de pescado  para todos, pagado también por el forastero. La gente lo vitorea a más no poder. Antes del alba, los forasteros se despiden, prometiendo que regresarán para la próxima fiesta.

En tanto Yara, la bella joven,  queda profundamente enamorada de Shinaan.  Lo recuerda y sueña . En sus sueños la colma de   regalos: preciosos vestidos, joyas en oro y diamantes. En una de aquellas noches, que lo deseaba con toda su alma, no lo  puede creer cuando al despertarse la encuentra  acostado a su lado prodigándole sublimes caricias. Aprovechando de la tranquilidad de la noche, juntos recorren las orillas y las aguas del río. Allí, viven un romance perfecto bajo un cándido cielo poblado de estrellas,  y de un plenilunio  que destella y la llena de felicidad. Allí en las frescas aguas, Yara apaga la pasión ardiente de  su cuerpo juvenil en los brazos de Shinaan.

Los padres de Yara observan un extraño comportamiento en su hija. No se explican por que la joven duerme de día y pasa las noches  en el  río. El padre decide seguirlo a escondidas para descubrir el secreto. Se queda atónito y no puede creer lo que ven sus ojos. La joven completamente desnuda, está dando piruetas en el río abrazada al cuerpo de un Bufeo Colorado y de vez en cuando desaparecen. El Bufeo Colorado  transporta a la joven a las profundidades, donde le muestra su reino de  majestuosos castillos adornados de oro y diamantes, sus mesas servidas de exóticos manjares. La regresa a la superficie solamente al amanecer. La joven agotada cae en profundo sueño de la que se niega a despertar.

El padre desde su puesto de observación recuerda,una vieja leyenda Shipiba que cuenta: -"Hace muchos años, una tribu entera de humanos fue convertida en delfines de río (Bufeo Colorado) por no haber querido entronar a una vieja hechicera. Desde entonces los descendientes de este pueblo habitan alegremente las caudalosas aguas del río Ucayali y otros ríos de la Amazonía. y que cuando hay fiestas ribereñas acuden disfrazados de gringos para no ser descubiertos. Uno de ellos es Shinaan que viene por su amada humana Panshin. Y al contrario de lo que se pudiera creer, ellos están muy contentos de la hechicera por haberlos hecho diversos de los humanos, quienes son culpables de muchas cosas desagradables que ocurren en el mundo"

  Pero para él, esto era solamente  leyenda y no puede creer que  le este sucediendo a su querida Yara, y en pleno siglo XXI.

Piensa -  Ahora me  explico, por qué aquel gringo nos dió de beber y comer gratis en la fiesta. Y su nombre coincide con el de la leyenda. No era tal, sino un Bufeo Colorado - Maldito sea.

Siguiendo el consejo de la leyenda se interna en la selva a buscar un  curandero, para que le prepare el antídoto, para recuperar a su hija antes de que termine por desaparecer en el río en sus intentos de convivir con su quimérico enamorado. Ojala, cuando regrese con el remedio, no sea demasiado tarde.

De vuelta le confía a su esposa del extraño descubrimiento  y del encuentro con el curandero que le ha preparado un brebaje y una oración en Shipibo. Mientras duerme Yara las primeras horas del sueño, la madre vierte el brebaje  con cuidado, humedeciéndole los labios  y la boca. El  padre arrodillado a la cabecera del lecho repite fervorosamente la oración aprendida para la ocasión.

Al amanecer del siguiente día, los cálidos rayos de sol se filtran por la ventana y despiertan a la bella Yara. Que recuerda de haber tenido un mágico sueño. Al ver a sus padres felices, su rostro juvenil se  ilumina de una diáfana sonrisa de gratitud.

Autor: Jíbaro

jueves, 5 de agosto de 2010

Zúngaro

Allá en la desembocadura del río Tocache, donde se vierten y mezclan sus aguas frías y claras con las turbias y marrones del Huallaga, se forma un gran remolino que ha excavado el lecho de la desembocadura volviéndola muy profunda. Abundan sábalos, boquichicos, piñacunches, toas, palometas, lisas, anchovetas y anguilas. Allí en medio a ese cardumen habita a sus anchas el Zúngaro, un bagre gigante de cabeza achatada, de ojos dorsales y pequeños, cuatro hilachas largas y redondas de piel le cuelgan del contorno de la boca a modo de bigotes chinos, desde sus aletas branquiales dos gruesas espinas a modo de cuernos son una amenaza latente y muy dolorosa para el adversario, el cuerpo achatado y robusto habla de su gran fuerza y resistencia. Es un piscívoro inigualable, hacen falta muchos kilos de peces para saciar su gran apetito. Cuando el Zúngaro pesca, las otras especies prefieren mantenerse a la distancia.

En el tambo Shapiama está cenando plátanos sancochados con sal. También él es un piscívoro, digno rival del Zúngaro atigrado que domina en la desembocadura del Tocache. Las raciones de pescado salado se han agotado. Los trabajos urgentes del campo no le permitieron ir al río a probar suerte con el anzuelo. Recuerda que la última vez que estuvo en la desembocadura del Tocache se cruzó con la silueta de un Zúngaro que nadaba veloz bajo la canoa. Esta pensando seriamente en andar a buscarlo. Si llegara a pescarlo, se abastecería con su carne para sus provisiones de varios meses.

Es tradición en la selva, para tener suceso en la pesca y la caza, el ingerir un brebaje preparado en base a hojas, lianas, cortezas, raíces y resinas de plantas nativas bajo el estricto cuidado de un brujo especializado. Shapiama ha tomado ya este brebaje y lo ha dietado como indican los ritos: alimentarse con plátano verde asado, nada de sal, nada de azúcar, nada de sexo, ni sol, ni viento por cuarenta días. Según la misma tradición la ingesta del brebaje es para neutralizar el olor natural del cuerpo del hombre, de tal modo que los peces, aves y animales no lleguen a percibirlo y sean fácil presa del pescador o cazador. Nuestro amigo ha dietado para probar suerte con el Zúngaro.

La luna llena alumbra el bosque y traza en el río  una franja ondulante que se abre al paso de la canoa que se desplaza con su música de chapoteos al ritmo de los delicados movimientos de remo dadas por las hábiles manos de Shapiama, el viento susurra jugueton en las hojas de los árboles. Shapiana lleva en su canoa un gran anzuelo unido a doscientos metros de cordel de pescar número ocho, muy resistente; una carnada especial, preparada con un tierno pollo frito, bien condimentado;  el inseparable machete y la retrocarga.

Al llegar a la desembocadura ata la proa de la canoa con nudo corredizo al tronco de un árbol; ata también uno de los extremos del cordel de pescar al hueco en la popa de la canoa, y el otro al cabo del grueso anzuelo con nudos muy especiales, aprendidos de su padre. Ensarta el anzuelo con habilidad en el delicioso cuerpo del cebo - " con este bocadillo, no te harás de rogar pejesapo..." - piensa y se relame mientras termina la operación. Con delicado movimiento rotatorio, lanza el anzuelo, ya con el cebo, a la profundidad.

Desde la sombra, sentado en la popa, mientras mastica un puñado de coca, observa las siluetas, que brillan con la luna: un mundo entero en  una prisión sin posibilidades de fuga, donde  los numerosos peces  saltan fuera del agua para alimentarse con los también abundantes insectos que sobrevuelan la superficie del agua. Bastaría con echar la tarrafa para pescar en abundancia, pero no, el no ha venido a una pesca común, el ha venido por el Zúngaro.

El Zúngaro esta en las profundidades dándose un gran festín, basta  abrir sus fauces para que varios kilos vayan a parar a su sistema digestivo. Tal vez ésta sea su última bocanada. Una especie rara ha llamado su atención, flota por sus narices despidiendo un aroma especial. Nada en grandes círculos como jugando al gato y al ratón, los otros peces le ceden el espacio para no interferir. Shapiama lo ha sentido desplazarse debajo de la canoa y está rogando que el brebaje lo haya purificado y le traiga suerte. La coca le ha estado hablando con dulzura. Probablemente el Zúngaro no resista a la tentación y muerda el anzuelo.

Los primeros gorjeos de las aves y el canto lejano de un gallo indican que el alba esta cercana. Con el amanecer se perderá la oportunidad a que el Zúngaro muerda el anzuelo. Shapiama se esta arrepintiendo de haber escogido pasar la noche en vela soportando el aguijoneo de la nube de hambrientos zancudos que atormentan sin clemencia.

Interrumpiendo su arrepentimiento, un violento tirón lo tira al fondo de la canoa, boca abajo se desliza hasta la proa por la inercia. En lugar de asustarse - "¡ha picado..., ha picadoooo....!"- grita de alegría. Con el tirón, la canoa  ha soltado de la amarra y navega vertiginosa jalada por el Zúngaro; al casi volcarse, el machete y la retrocarga han caído y se hunden en la profundidad del agua, los remos se alejan veloces en la corriente. El Zúngaro en un derroche de energías tensa la cuerda del anzuelo atada a la popa de la canoa y la arrastra en su fuga desesperada.

Después de dos horas de tirar la canoa río abajo y río arriba y vadearla otras tantas, el pez ha cedido. El gran pez se ha agotado. Llega el turno de Shapiama para lentamente ir recuperando la cuerda un poco a la vez. Después de un breve forcejeo, la cuerda empieza a desplazarse sin mucho esfuerzo. El pescador esta dudando - "¿...no será que el majadero, se haya soltado...?" -  ante esta sospecha, se martiriza y amarga.

En efecto, tiene en sus manos el anzuelo desnudo y un rasgo de carne sanguinolenta - "Ah..., de razón no había continuado a forcejear, ese hijo de ..." - Se lamenta de su mala suerte y duda del efecto benéfico del brebaje y de la pérdida de tiempo y sobre todo de haber abandonado sola por toda la noche a su joven y sensual mujer.

Resignado a su mala suerte rema con las manos para llevar la canoa a la orilla, para proveerse de una vara y de ese modo regresar al tambo. Que cosa le contaría a su mujer. Tal vez ella no le crea que ha pasado la noche en el río. Podría pensar que se la pasó en los brazos de la amante. O peor aún que se fué solo a la gran fiesta del pueblo.

Para su sorpresa, sus manos tocan una gran cabeza fría, resbaladiza y aplanada. Voltea a mirarla. Allí esta el Zúngaro mirándolo mansamente con sus pequeños ojos, sin fuerzas, como perro azotado implorando perdón, moviendo sus aletas branquiales y su gran cola. Resignado a su suerte y rendido a la astucia del pescador, del brebaje y de la complicidad de las hojas de coca que han maquinado en su contra.

Shapiama muy contento, busca la retrocarga o el machete para ultimarlo. No los encuentra. No sabiendo como atrapar al pez se lanza al agua rodeando con los brazos y con mucha dificultad aquel baboso cuerpo resbaladizo. Quien los habría visto en aquella actitud, habría pensado en dos grandes amigos después de una gran juerga nocturna, extra pasados de alcohol.

Se encariño tanto después de aquel forzado abrazo y de la sumisión de la gran presa. Lo ve malherido, sangrante, y sin fuerzas para continuar viviendo. Si lo dejara libre tal vez muera inútilmente, mejor sería subirlo a la canoa. No resistiendo a su instinto piscívoro lo sube a su canoa y se lo lleva al tambo. Su mujer muy contenta prepara con la cabeza un delicioso chilcano. Desde el plato vuelven a mirarle esos pequeños ojos, antes lo habían mirado con ternura rogando su perdón, y ahora esos ojos yacen sin vida y sin significado.

Shapiama perderá el apetito y no volverá más a pescar.

Autor: Jíbaro

jueves, 12 de noviembre de 2009

Amanecer selvático

Cuando los primeros rayos del sol se anuncian detrás de las colinas boscosas, es la hora habitual de la nube de alas verdes, que es el vuelo ceremonioso y bullanguero de loros y guacamayos que inundan la extensa jungla con su graznido. Parten en búsqueda de los shimbillos que se esconden en la maraña de la amazonía y de las collpas que se desnudan a las orillas de los ríos. Pronto seguirán las garzas blancas y moras que irán a pasearse gallardas en cochas y ríos en espera de haber fortuna en la pesca de alevinos.

El amanecer selvático se engalana con los colores de las floraciones de los árboles que marcan su territorio con el amarillo del palo blanco; el lila de la papaya caspio y de las wimbas; el rojo del árbol del fuego y de las lianas; y el blanco de las caobas, copaibas y tornillos .

Los distintos aromas a su turno deleitan hasta el éxtasis al observador. Pronto llegaran las abejas a polinizar las flores. El mundo selvático se despierta con las orugas que miden la extensión de las hojas y ramas, con la inquieta caravana de hormigas que suben y bajan los árboles con su cargamento de retaceadas hojas que transportan hasta el escondrijo de sus madrigueras.

Tantahua, tantahua, es el canto del ave que anuncia la cercanía del río que es como  una serpiente de agua que se engrosa con las lluvias de las serranías. Esta llegando la época en que el bosque se inundara con las aguas del Huallaga. Los árboles y lianas parecerán un macetero gigante regado por las aguas marrones que enriquecerán el suelo con el nutritivo limo que se mezclara con las hojas secas y putrefactas.

Los nativos madrugan y  se dan apuro en cosechar los últimos granos del maíz y el arroz, después de la gran llojllada podría ser muy tarde. Es tiempo de alistar la canoa para ir al bosque a cazar los conejos, congompes y otros animales que darán su carne para la deliciosa cecina.

El tambo con su emponado y su techo de shapaja esta preparado para sufrir los embates de los vientos y las lluvias tropicales.

Otra vez las yacumamas volverán, en la riada cercana al tambo, a danzar el ritual nupcial, entre las cañas de azúcar inundadas hasta el cogollo. Otra vez volverán los miedos a las mordeduras de las serpientes.

Autor: Jíbaro

sábado, 7 de noviembre de 2009

Golondrinas

Desde hace algunos meses, millones de golondrinas casi se han posesionado de la ciudad. Son capaces inclusive de negarnos la luz que nos alumbra y el calor que nos caliente, cuando en las tardes sobrevuelan la ciudad y cubren con el océano de sus alas el ojo brillante del sol.

Todo comenzó hará unos cinco meses. Súbitamente, la ciudad se quedó en penumbra y todo el mundo comenzó a gritar: ¡eclipse, eclipse, eclipse! Los niños abandonaron sus juegos; los vehículos pararon sus motores; los peatones, en la calle, detuvieron su paso; los comensales en los restaurantes se quedaron con el tenedor o la cuchara en la boca. La ciudad se quedó en silencio sólo para oír el extraño y poderoso rumor, como una tempestad tropical, que producían el gorjeo y el chillido de esos millones de animalitos que sobrevolaban la ciudad.

El mar de alas y picos se entretuvo así durante dos horas. Luego, por grupos seguramente conformados por miles de avecillas, empezaron a descender en picada formando gigantescos tirabuzones de plumas, vertiginosos embudos de aire y gorjeos, flechas de plumas que competían con la velocidad del aire. Se apoderaron de los árboles de pomarrosas de la Plaza de Armas; de los aleros y torres de la Iglesia Matriz, de los caimitos, zapotes, naranjeros y shiringas de las huertas y de las techumbres de las casas. Se pararon con sus patitas delicadas en las antenas; penetraron en los escaparates de las tiendas para columpiarse en los biombos de exhibición de géneros y se introdujeron en las jaulas de pericos y gorriones de las casas. No había árbol en la ciudad que no tuviera, en vez de hojas y frutos, golondrinas.

Empezaron a ocurrir, a partir de ese día, incidentes que han modificado y alterado la vida de la ciudad y sus gentes.

Reunidos en sesión solemne y extraordinaria, el honorable Concejo Provincial de Maynas, con asistencia de todos sus miembros, excepto uno que estaba en cama cogido por la erisipela, acordó tomar medidas de emergencia para defender el ornato de la ciudad y mantener incólume el prestigio de su limpieza a la cual contribuían las lluvias tropicales que lavaban gratuita y puntualmente las calles y callecitas y los gallinazos que habitaban las techumbres de calamina y los basurales del camal y del puerto de Belén y que devoraban las carroñas a enérgicos picotazos, mientras los asombrados turistas gringos disparaban sus “mamiyas” recogiendo esas inolvidables impresiones.

-No es posible que estos pájaros vengan a cagar nuestra ciudad, ensuciando los pamorrosas de la plaza- había dicho el alcalde Juan Arredondo.

Teniendo a la vista este argumento justificado plenamente con el olorcillo a mierda que se filtraba desde la plaza por las ventanas al gran salón de sesiones del Concejo, por unanimidad, los padres de la ciudad acordaron solicitar a los bomberos que cada noche, después que las golondrinas se hubieran acurrucado en el entrevero de ramas de las pomarrosas, vinieran con sus bombas y con poderosos chorros de agua las desalojaran y mataran en resguardo de la belleza de los árboles que estaban cambiando de color con la cada de las golondrinas.

Pero mientras el acuerdo del honorable Concejo se transcribía mediante resolución municipal a la Comandancia del Cuerpo de Bomberos y éste, a su vez, se reunía en sesión solemne para responder mediante un oficio en sobre lacrado y sellado, pasaron varios días.

Durante esos días, el espectáculo de las golondrinas se había convertido en la comidilla de todo el mundo, de propios y extraños, como decían los diarios y radioemisoras locales. Cada tarde, a la hora en que las avecillas sobrevolaban la ciudad preparándose para sus acrobáticos descensos luego de haber volado por el confin de la Amazonía en busca de alimentos, parejas de enamorados y esposos llegaban a la plaza para mirar ese ballet aéreo que nadie en la ciudad había organizado y que, sin embargo, concitaba la atención de todos. Esposos que se habían olvidado hacía mucho tiempo de coger las manos de sus esposas y pasearse con ellas como en sus días de noviazgo, volvían otra vez a repetir el paseo habitual por la plaza para mirar las golondrinas. Padres de familia que en muchos años no habían llegado a sus casas a las seis de la tarde por haberse acostumbrado a quedarse a esa hora en el bar de “Pablito” a mitigar el calor tropical con una cerveza, repetían una vez más sus paternales hábitos –ya dejados de lado- de llevar a sus hijos de la mano a dar un paseo por el parque.

-¡Vamos a la plaza a mirar las golondrinas!- decían los jóvenes quinceañeros y se iban al Malecón a besarse a la sombra de las pomarrosas cargadas de golondrinas.

Hasta el ciego Román había alterado sus costumbres. Hacía años que no salía en las tardes y menos en las noches. Pero con la llegada de las golondrinas salía a las seis y se dirigía a la plaza sin lazarillo, sólo ayudado por su bastón de palo de itaúba y decía que él podía mirar a las golondrinas como cualquiera que tuviera ojos por el gorjeo y chillidos que éstas emitían.

Esa, por ejemplo, debe tener 16 centímetros y tiene 7 meses de edad. Ese otro es macho y la otra es hembra. Esa gorjea más fuerte que las otras porque no ha comido bien. Esa otra chilla de una manera muy rara, debe estar herida decía el ciego Román.

Algunas tardes, cuando estaba de buen talante, el ciego Román se paraba sobre una banca de la plaza, a la sombra de las golondrinas, y se explayaba en largas explicaciones sobre ornitología, ciencia que, decía, le apasionaba desde los lejanos días en que era práctico o guía de las lanchas que navegaban en los ríos amazónicos y, por lo tanto, podía ver en la oscuridad y tenía una vista de lechuza, como solía decir.

Estas golondrinas han viajado miles de kilómetros. Seguramente han atravesado el océano para llegar aquí, quizá en busca de alimentos, porque a ellas no les gusta el bosque, no les gusta el trópico y tampoco las regiones polares. Seguramente han llegado de alguna región del mundo donde ha habido un cataclismo y el clima y las condiciones de vida en esa parte del planeta han variado bruscamente- repetía el ciego Román ante la mirada embobada de los niños, los padres, los enamorados, los turistas y todos los curiosos que asistían a la Plaza de Armas para ver las golondrinas y escuchar al ciego Román.

Cuando la orden de desalojo de las golondrinas finalmente llegó al escritorio del Comandante de los Bomberos, quince días después de la sesión solemne del Concejo Provincial, ya se había formado un Sindicato de Defensa de las Golondrinas, y una Brigada de Lucha de los Recursos Naturales y Preservación de la Ecología integrada por padres de familia, enamorados, turistas, el ciego Román, guardias civiles, estudiantes, algunos militares, bomberos y nativos de las tribus indígenas que habitaban en las proximidades de la ciudad como yaguas, cocamas y cocamillas. Estos últimos veían en las organizaciones mencionadas la posibilidad de utilizarlas a favor de una campaña nacional sobre los recursos naturales amazónicos que durante miles de años han sido patrimonio de estas tribus y que ahora, devorados por un insaciable e inagotable consumismo urbano-industrial, están siendo destruidos con riesgo de una rápida y fatal agonía biológica de los más antiguos habitantes de la jungla.

Fueron estas dos organizaciones que se opusieron tenazmente a la aplicación de la medida decretada por el Concejo, a través de acciones concretas de lucha y resistencia. Así, mientras el sindicato regaba de tachuelas el perímetro de la Plaza de Armas para pinchar los neumáticos de los carros bomberos, la brigada formaba con sus brazos verdaderas cadenas humanas alrededor de los árboles. Otras veces, cientos de integrantes del sindicato paseaban un muñeco que representaba al alcalde picoteado por las golondrinas, mientras que los brigadistas arrojaban las golondrinas muertas por los bomberos en las puertas de las casas de los honorables miembros del Concejo Provincial, impidiendo además que los servicios de Baja Policía, así como los perros vagabundos, recogieran esas golondrinas que, con el calor húmedo del trópico, en pocas horas, se pudrían e inundaban la ciudad de una pestilencia insoportable.

Luego de más de un mes de escaramuzas, que costó la vida a aproximadamente diez mil golondrinas y la prisión temporal de trece miembros del Sindicato y veintiún brigadistas, el honorable Concejo Provincial de Maynas levantó la orden de matanza de las golondrinas y cambió el sentido de la resolución municipal. En adelante, la Comandancia de Bomberos no sólo se encargaría de proteger a las golondrinas de los semillazos de aguaje de los muchachos y de los cazadores que, red y bolsa en mano, llegaban furtivos exactamente a las seis y treinta y cinco de la tarde, en el mismo instante en que se hace la noche –diez minutos antes de que se encienda el alumbrado público-; asimismo, la Comandancia también se ocuparía de lavar con sus potentes chorros de agua los árboles y las hojas embadurnadas de mierda de golondrina, hubieran levantado vuelo con dirección a los lugares más remotos de la Amazonía, allí donde fuertes ventoleras procedentes del Atlántico empujaban nubes de mosquitos, zancudos y otros insectos que eran la delicia de los pájaros.

Una semana después de haber dispuesto las más extremas medidas de protección para las avecillas y de la inevitable disolución del Sindicato de Defensa de las Golondrinas y la Brigada de Lucha de los Recursos Naturales y Preservación de la Ecología, bajo la amenaza de los yaguas, cocamas y cocamillas de fundar una organización paralela y combativa con fines y objetivos más claros y precisos, el alcalde Juan Arredondo volvió a convocar a otra sesión solemne.

-Honorables miembros del Concejo Provincial de Maynas, he convocado a esta sesión solemne para proponer a ustedes, que representan a toda la colectividad y sus intereses más sagrados, que en vista de que las golondrinas se han convertido en una de nuestras más importantes fuentes de ingreso de divisas, ya que de todo el mundo están llegando los turistas que vienen a admirar este espectáculo extraordinario, se disponga mediante resolución municipal que las golondrinas se queden no sólo éste sino el próximo y el próximo y todos los veranos en los años sucesivos de la Amazonía– expresó con voz grave y afectada, el alcalde Juan Arredondo.

La propuesta del Alcalde fue aprobada por unanimidad y, al día siguiente, los diarios publicaron en primera página y con titulares gordos el “atinado y sagaz” acuerdo del honorable Concejo Provincial y destacaban la “visionaria inteligencia” del alcalde Juan Arredondo.

Un tiempo después que el municipio expidió esta resolución, empezaron a circular algunos inquietantes rumores y extrañas interpretaciones sobre la presencia de las golondrinas en la Amazonía.

Una de estas versiones –la más difundida- decía que la presencia de millones de golondrinas en el bosque húmedo tropical, era el anuncio de algún cataclismo inminente, tal como ocurrió hacía más de cien años en la Amazonía cuando una noche estrellada de junio, una noche de San Juan, el Patrono de Iquitos, atravesó el cielo, iluminándolo, como un día cualquiera de sol canicular, el cometa Halley con su cabeza y su cola de fuego, y las gentes de Iquitos, Contamana, Nauta y Jeberos temblaron de miedo y de asombro e interpretaron esta aparición como el presagio de acontecimientos memorables.

Al día siguiente, hicieron su aparición millones de golondrinas, de una de las setenta y cuatro especies que pueblan el planeta y que, según los informes científicos de la época, habían atravesado en un solo vuelo los océanos Atlántico y Pacífico y todo el gran valle del Amazonas en una travesía de cuarenta mil kilómetros, viajando día y noche, guiándose por la posición del sol y de las estrellas en la noche. Ese mismo mes, justo el último día de la fiesta patronal, una nube negra, como un inmenso gallinazo, se detuvo sobre la ciudad a las cinco de la tarde. A eso de las siete y media de la noche, se rompieron los cántaros del cielo y comenzó una lluvia que sólo se detuvo un mes más tarde, cuando los gatos y los cerdos, la gallinas y los perros habían sido totalmente exterminados por el hambre, y la ciudad aparecía flotando, como una balsa gigante que navega en un mar de islas de bosques arrancados por la creciente del gran río. Durante meses, los gallinazos se entretuvieron picoteando la carroña de los ahogados colgados en las copas de los cedros gigantes y de las lupunas barrigudas.

Esta versión, cuyo autor no había sido identificado, pero se suponía era el shamán de una tribu indígena en trance de extinción –“los Iquitos”- decía que mucho antes que llegaran los jesuitas y franciscanos a la Amazonía, mucho antes incluso de la llegada de los hombres blancos y barbudos con sus pestes y sus armas de fuego, antes incluso de que los tupinambaranas construyeran un imperio tan grande sobre la Amazonía que allí si no se ponía el sol, porque las ciudades y los pueblos estaban debajo del agua, en las profundidades de las cochas y las pozas y a donde sólo se llegaba con la llave maestra del yage, mucho antes las golondrinas habían anunciado con sus gorjeos y chillidos, con su caca verdosa y su vuelo suave y suelto, su insaciable hambre de insectos, el hundimiento de un reino que se llamaba Atlántida, poblado de hombres gigantes como los árboles y no de cuyos sobrevivientes, según una leyenda que fue trasmitida por todos los pueblos y razas que habitaron la Amazonía, había anunciado que cuando aparecieran otra vez las golondrinas, cien lunas después de que una cola de fuego iluminara la noche amazónica, algo inminente estaba por acontecer.

Coincidentes con estos rumores e interpretaciones están ocurriendo en la ciudad algunos sucesos que la gente no sabe si atribuirlos a la casualidad, a la hechicería o a las bromas de algún individuo juguetón o quien sabe a una mano o poder misteriosos que quiere comunicar el gran acontecimiento que se avecina.

Así, por ejemplo, el otro día don Pascual Fasavi, un viejo cauchero de ochenta años, abrió su baúl forrado en cuero y reforzado con tiras de hojalata –como solían hacerse los baúles a principios de este siglo en la casa del hojalatero Barbagelata- y cuál no sería la sorpresa de Fasavi, cuando del fondo del baúl salieron vivitas y gorjeando un puñado de golondrinas que se escaparon por la ventana. El viejo Pascual contó a sus vecinos que en el baúl guarda documentos de negocios de ventas de caucho efectuadas en 1910 con casas importadoras de Londres, así como también colecciones de ediciones que hace tiempo han dejado de circular. La última vez que abrió el baúl fue hace diez años y lo hizo para cambiar la chapa herrumbosa y asegurar la llave en un llavero, que jamás ha salido del pasador de su pantalón.

Pero eso es lo de menos, como dicen las gentes en Iquitos, comparado con el incidente que acaba de vivir doña Goya Góngora, quien dejó hirviendo su sancochado de carne de vaca y luego de media hora de fuego intenso con trozos de la mejor leña de capirona, al destapar la olla para echar sal y condimentos, como en los cuentos de las mil y unas noches, junto con el vapor de la sopa salieron volando dos golondrinas que no tenían la menor traza de haberse ni siquiera salpicado con la sopa hervida.

El cajero de una tienda que vende hierros para construcción fue a dar vuelto a un cliente y se encontró con la sorpresa de que en la caja eléctrica en vez de monedas de a sol y cinco soles, había huevos blancos con manchitas grisáceas, es decir, huevos de golondrinas.

Sin embargo, acaba de suceder un hecho que está en la boca y en la imaginación de toda la gente. La noticia de este acontecimiento ha volado de un punto a otro de la ciudad, como viento que penetra en las casas por las puertas y ventanas hasta los más diminutos escondrijos. Las gentes agrupadas en las esquinas lo comentan; los diarios y las radioemisoras, aunque tienen la información, se niegan a difundirla por temor a provocar un pánico colectivo; los médicos se han reunido de emergencia para analizar las implicancias científicas de este suceso. Incluso los curanderos, médicos vegetalistas y shamanes de la Amazonía, están llegando a Iquitos para emitir un pronunciamiento sobre este hecho. En las escuelas, los maestros no pueden dictar sus clases porque los niños los interrumpen formulándoles preguntas que ellos no saben cómo responder. En los hogares, los padres están pasando por los mismos aprietos. En realidad, nadie sabe cómo responder, nadie sabe cómo explicar por qué una mujer cuyo nombre los médicos del hospital mantienen en reserva, en vez de dar a luz a un bebé común y corriente como todas las mujeres del mundo, ha dado a luz una golondrina.

Además, por primera vez en cinco meses, hoy día las golondrinas no han regresado a ocupar sus árboles de pomarrosas en la Plaza de Armas, y toda la gente de la ciudad ha salido a las calles a esperarlas. Ya son más de las siete de la noche y la gente está cada vez más inquieta. Finalmente, yo no sé si estarán esperando a las golondrinas o al gran acontecimiento que tiene que ocurrir.

Autor:Roger Rumrrill

jueves, 9 de abril de 2009

Los fantasmas de Ricardo

Juana y sus tres hijas vivían en un pueblo de la ceja de selva. Las hijas tres bellas doncellas estaban en el pleno florecer de sus primaveras. Una mas bella de la otras. Muchos jóvenes las pretendían y frecuentaban. Esta familia tenía como habitual diversión la narrativa verbal. La madre una mujer de unos cuarenta años, era la mas experta de las cuatro mujeres, lograba en sus oyentes, con esa magia que caracteriza a los narradores, mantenerlos interesados en sus relatos por horas y horas. Uno de los pretendientes era asiduo visitante, se quedaba embrujado con la narrativa y muchas veces se amanecía en aquella casa. Esta vez el tema de la narrativa trataba de espíritus y fantasmas. Cada una a su turno se lucía con historias de diablos devoradores de gentes, fantasmas que se pasean por los aposentos de casas abandonadas, de hombres que se convierten en noches de la luna llena en hambrientos lobos , de famosos asesinos que matan para recoger la grasa de las personas y venderla a buenos precios.

La narrativa era tan viva que lograba en los oyentes revivir la historia con todas las reacciones físicas y anímicas que van despertando.Ya eran las tres de la mañana. El pretendiente de turno está estupefacto. Si fuera por el podría seguir escuchando mas historias. Pero las obligaciones impostergables del día que se avecina, lo obligan a despedirse de la familia de narradoras.

La enamorada y la mamá hacen de todo para retenerlo. "Esta es la hora preferida de los fantasmas, no vaya a ser que te encuentres con uno o varios de los personajes de los relatos" le dicen.

Pero Ricardo, que así se llamaba el pretendiente, les contesta: " Esta bien que ustedes con sus relatos han logrado ponerme la piel de gallina. Pero yo no creo en esas cosas. Son puros relatos y nada más”.

Todavía insisten, "Por favor no seas impertinente caminar a estas horas es demasiado peligroso. Tu casa está muy lejos de aquí. Quizás cuantas cosas te podrían pasar, por esas quebradas y esos bosques que hay por el camino a tu casa. Además hoy es noche de luna llena, y muchos lobos hambrientos andan sueltos. Hay pobre de ti, tal vez el día de mañana nos toque juntar solamente tus huesos..."

Ricardo se mantiene escéptico y sin atender al ruego de las mujeres, se despide con el pensamiento de los trabajos urgentes que debe realizar apenas despunte el alba. Debe darse prisa, no vaya a ser que su familia, que no sabe de su ausencia empiece a preocuparse. Menos mal que la luna esta todavía alta, la alumbrará por el resto del camino. Mientras camina, los relatos se repiten en su memoria, algunos personajes de los relatos desfilan en sus recuerdos: pareciera que escuchara carcajadas de burla, aullidos de lobos, y cuchicheo de los vampiros. Presiente personajes amenazantes detrás de las rocas, sombras que se esconden detrás de cada árbol. La sensación de que alguien lo persigue sigilosamente.

"No puede ser", se repite para si mismo: "Solamente son puras historias, debo estar tranquilo, no sucederá nada".

Alguien se mueve sigiloso en el bosque, caminadas misteriosas se acercan a su encuentro, moviendo ruidosamente las hojarascas. Se detiene a observarlo y continua aproximándose. Ricardo se queda paralizado por que sin quererlo, instintivamente, piensa que podría tratarse de un lobo o del mismo diablo. Unas miradas arden con la luna, lo observan con desdén. El sudor frío y abundante moja la frente, la espalda y las manos, las piernas y dientes treman a mas no poder, los pelos erizados intentan escapar al cielo, a duras penas contiene los deseos de orinar y defecar instintivamente. Le asaltan las infinitas ganas de correr muy veloz .Desearía le crecieran las alas como en los cuentos para que pudiera huir. Pero su pensamiento racional lo retiene:


"Que tal, si en la huida me caigo o me ruedo, y hasta pudiera morir. La gente al encontrar mi cadáver, llena de rasguños y heridas, pensarán que han estado el diablo, los lobos o los fantasmas a causarme tal daño". Se arma de valor, se repone al susto y se detiene con curiosidad a mirar esos ojos de fuego que lo observan desde la distancia.


Finalmente es al intruso que le toca huir. Es un zorrillo, un habitante habitual de estas tierras , el que se cruzó en su camino. El inocente animal se aleja en despavorida carrera, perfumando con su característica pestilencia el camino, el bosque y hasta a la luna misma.


Ricardo vuelve en si y dice: "Que susto, imagínate, dejarme asustar por un simple zorrillo, no faltaba mas...". Retoma el camino intentando alejar los recuerdos de los relatos que de vez en cuando lo asaltan y se apoderan de su fantasía.
La luna, en el cenit , alumbra con intensidad todo a su paso, proyectando las sombras de los árboles, de las rocas y de los cerros. Ricardo bastante repuesto del susto de su vida que le toco vivir en el bosque, esta por llegar a su casa, espera de encontrarla tranquila y acogedora. Ya casi se siente en el dulce abrigo del lecho.

!Oh No!, !Otra vez, no puede ser!

De la puerta de su casa lentamente se va asomando, una figura blanquecina que parece flotar a la luz de la luna, y se detiene en el patio a observarlo. Parece un robusto hombre con hábito y toga blanca, cuyos ojos se encienden con la luna, que lo alumbra de cuerpo entero. De nuevo sus recuerdos de los relatos lo relacionan de inmediato con los fantasmas.

"Esta vez si que va en serio, este es un verdadero fantasma, no hay dudas...", se dice así mismo.

Otra vez esa sensación y ganas de huir: las piernas treman y flaquean, no dan para mas, cae rendido y convulsionante, la piel de gallina, el sudor frío, el grito de auxilio que se le ahoga en la garganta. Esta vez, no se pudo contener y vomitó hasta las espumas de todo su miedo desde los últimos rincones de las tripas. En una tregua de la desesperante situación.

Una débil candela del pensamiento racional ilumina su cerebro, se repone y se alza.
El fantasma seguía ahí contemplándolo con los ojos brillantes.

Se armo de valor y dijo. "Venderé cara mi derrota".

Buscó a su alrededor algún arma con que defenderse, encontró solamente piedras, las amontono a su alrededor, se atrincheró y descargó todo su arsenal al fantasma. Ante el impacto de las piedras, la figura cambio de posición, revelando la silueta de un asno blanco. Otra vez había cedido a su imaginación e confundió la figura frontal del asno con la de un fantasma.

El abuelo que estaba de visita, era el dueño del asno. Muy enojado, obligó al nieto a curar las heridas del pobre animal, ocasionada por semejante apedreamiento.

Cuando los demás integrantes de su familia y de su enamorada se enteraron de lo sucedido rieron de buena gana. Y dijeron: "Es verdad, los diablos y fantasmas solo existen en los cuentos y en la fantasía de las personas. Cada cual construye su propio fantasma"

Autor: Jíbaro

La Serenata del Húmero

Como han cambiado los tiempos. En los tiempos de mis abuelos, según cuentan. Para amenizar una fiesta debían contratar una orquesta conformada por los jóvenes del lugar. La música con temas de un romanticismo puro servían de inspiración a los enamorados que se daban el sí a la luz de la luna.

En esta época un grupo de jóvenes virtuosos formó una bella orquesta con dos guitarristas: Manuel y Juan, dos bandolinistas: Gregorio y Dionisio, dos violinistas: Augusto y Alfredo, y un talentoso flautista: Alejandro. Este conjunto iba con su música a todas partes. Eran muy solicitados, especialmente para las serenatas.

Era usual escuchar a la media noche el sonido de la orquesta dando las consabidas serenatas. Las homenajeadas se asomaban a su balcón y agasajaban al pretendiente con un ramo de frescas flores rojas o con el consabido lance del pañuelo para felicidad de los enamorados. Algunas señoritas convencían a sus padres para abrir las puertas. Se armaba una jarana de rompe y raja que culminaba con la concesión de la mano de la hija y con el compromiso formal del futuro matrimonio. Ya era muy habitual que esto sucediera así.

Hasta que Alejandro fabricó una nueva flauta, de un hueso que encontró por el campo. Desde el inicio lo cautivó el sonido dulce y armonioso por lo que se convirtió en la preferida del tercio de afinadas flautas que llevaba consigo. El cuadro de las serenatas se repetía casi idéntico, excepto que las homenajeadas ya no correspondían a los pretendientes sino que todas se enamoraban infaliblemente de Alejandro. El, si bien es cierto era un joven de bellos atributos, no era como para que las chicas perdieran la cabeza.

Poco a poco los pretendientes dejaron de contratar al grupo para evitar la competencia de Alejandro que había ya arrebatado sin querer, el amor, a mas de uno. Entonces el grupo se dedicó a dar serenatas por diversión, sin que nadie lo contratara. Una noche aquí, otra allá, donde sospecharan que vivía una señorita. Las melodías surtían el mismo efecto en las chicas. Todas se enamoraban de Alejandro. Y si no eran correspondidas lloraban, se desesperaban y salían corriendo detrás de la orquesta. Hasta que la población empezó a sospechar que algo no cuadraba. Denunciaron al grupo por molestia sexual. Las autoridades empezaron a perseguir a los integrantes.

Ni Alejandro mismo sabía del encanto de su flauta preferida. Un día de casualidad lo descubrió. Cuando el tañía cualquiera de sus flautas de su colección, no ocurría nada. Pero bastaba que sonara unas notas en la flauta de hueso para que todo cambiara.

Entonces la curiosidad hizo que realizará algunas averiguaciones por el campo donde había encontrado el hueso y encontró un esqueleto corroído por el tiempo al que le faltaba el hueso húmero. Ese hueso, seguramente era del que él había hecho la flauta.

Las autoridades averiguaron la procedencia del esqueleto y llegaron a la conclusión que pertenecía a un antiguo flautista que se había suicidado por un amor no correspondido. Confiscaron la flauta y la enterraron junto al esqueleto en un lugar desconocido. Desde esa vez Alejandro ya no es el favorito de las doncellas.

Autor: Jíbaro